viernes, 31 de julio de 2009

TE EXTRAÑO




TE EXTRAÑO

Te extraño, buscando la línea imaginaria
Que te ponga frente a mi…
Quiero cruzarla, pedirte que te quedes
Junto a mí, aquí, entre mis sábanas
Pedirte, que borres de la piel cada huella
De celaje que cubre engañosa mi deseo
Mi ansia, mi plenitud de mujer
Necesito decirte que muero de sed
Que es tu boca la qué en mi provoca
Delirios de amante loba, que aúlla
Que llora, que gime que implora
Regálame ahora el bendito elixir
Que de tu lengua aflora, humedece
Mis labios, lo mismo que humedece
El rocío en las auroras.
Empápame, si así…
Navega en sus calmadas olas, derritiendo
La fría escarcha que entumece nuestra alcoba
Hazme sentir de nuevo que nadie como yo
Te hace gozar y te goza
Quiero ser una vez más tu exuberante faraona
Ésa que te enciende, que sonríe mientras mira
Que eleva tu virilidad, que asciende y desciende
Suave muy suave entre tus piernas.
Esa que amamanta tus pasiones
Que alimenta con lujuria tus razones
Que cada noche reflejada en el espejo
Inventa e imagina tus gemidos y deseos
Redimiendo tus pecados y los propios
Con este amor que te tengo.

Raquel Herrero


CABALLO DE BATALLA





CABALLO DE BATALLA

Como caballo de batalla
Con los apeos a cuestas
Siempre decidido y preparado
Por ganar alguna guerra…
Azota fuerte el Jinete
Inca con saña la espuela
Las riendas, suelta y amarra;
Él decide donde ha de dejar
Con brío de corcel, la huella
Está el Jinete tan habituado
A pelear por su estrella…
Que batalla obnubilado
Sin apercibir si quiera
Que se ha clavado la lanza
En el amado corcel…
En el centro mismo de su nobleza.
Agonizante el animal
Cae derrotado en la arena
Lastimosa la mirada,
Ineludible y quejoso su relincho
Cuando el Jinete despierta…
Tendrás que cabalgar si mi
En ésta, tu batalla Interna
Ya no rugen los molinos
Se silenciaron los vientos
Y calladas como muertas
Se vislumbran sus mareas
Tan solo suena la lágrima
Dejando su amargura fuera
Mientras el cráter se ahonda
Tras la inexplicable pérdida
Jinete, ¡has ganado la batalla!
Pero perdiste tu estela.
Raquel Herrero
Como caballo de batalla
Con los apeos a cuestas
Siempre decidido y preparado
Por ganar alguna guerra…
Azota fuerte el Jinete
Inca con saña la espuela
Las riendas, suelta y amarra;
Él decide donde ha de dejar
Con brío de corcel, la huella
Está el Jinete tan habituado
A pelear por su estrella…
Que batalla obnubilado
Sin apercibir si quiera
Que se ha clavado la lanza
En el amado corcel…
En el centro mismo de su nobleza.
Agonizante el animal
Cae derrotado en la arena
Lastimosa la mirada,
Ineludible y quejoso su relincho
Cuando el Jinete despierta…
Tendrás que cabalgar si mi
En ésta, tu batalla Interna
Ya no rugen los molinos
Se silenciaron los vientos
Y calladas como muertas
Se vislumbran sus mareas
Tan solo suena la lágrima
Dejando su amargura fuera
Mientras el cráter se ahonda
Tras la inexplicable pérdida
Jinete, ¡has ganado la batalla!
Pero perdiste tu estela.


Raquel Herrero

NO, NOS QUEDEMOS





NO, NOS QUEDEMOS


No nos quedemos;
Con las enormes ganas
Que nos tenemos
Acércate a mi boca
Apaguemos este fuego
Surfeando la carne a bocados
Degustando cada fibra
De jugosos filamentos
No nos engañemos;
Para que negar el ansia
De poseernos
Perdidos en un laberinto
En busca del mismo encuentro
Quiero, beber de tu boca
Quiero, comerte a besos.
Nuestras manos aladas
En sutiles movimientos
Acariciando locuras
Que alimentan nuestros cuerpos
En el deseo profundo
De gozar en este averno
Donde mis senos sucumben
A un torso desnudo y bello
Y la vulva se derrite
Con el tacto de tus dedos
No, no nos privemos
De volcar sobre la piel
Fluidos sin juramentos
La alcoba está en silencio
Esperando los gemidos
En este trance perfecto
Mis pechos exuberantes
Tu mástil erecto
Tu lengua y mi lengua
Mi lujuria y tu ego
La plenitud deseosa
De continuar el juego
Por que tú, me buscas
Y yo, te deseo
Porque ambos necesitamos
Palpar este secreto
Gozarnos hasta saciar
La hambruna qué no queremos.

Raquel HerreroNo nos quedemos;
Con las enormes ganas
Que nos tenemos
Acércate a mi boca
Apaguemos este fuego
Surfeando la carne a bocados
Degustando cada fibra
De jugosos filamentos
No nos engañemos;
Para que negar el ansia
De poseernos
Perdidos en un laberinto
En busca del mismo encuentro
Quiero, beber de tu boca
Quiero, comerte a besos.
Nuestras manos aladas
En sutiles movimientos
Acariciando locuras
Que alimentan nuestros cuerpos
En el deseo profundo
De gozar en este averno
Donde mis senos sucumben
A un torso desnudo y bello
Y la vulva se derrite
Con el tacto de tus dedos
No, no nos privemos
De volcar sobre la piel
Fluidos sin juramentos
La alcoba está en silencio
Esperando los gemidos
En este trance perfecto
Mis pechos exuberantes
Tu mástil erecto
Tu lengua y mi lengua
Mi lujuria y tu ego
La plenitud deseosa
De continuar el juego
Por que tú, me buscas
Y yo, te deseo
Porque ambos necesitamos
Palpar este secreto
Gozarnos hasta saciar
La hambruna qué no queremos.

Raquel Herrero

ATÓNITA





ATÓNITA


Atónita, perpleja, por el sonido estridente
de una extraña melodía, que en el tañer de
las campanas en aquel jardín de huérfanos
empujan y empujan al redoblar su llamada.
Cuesta arriba, muy arriba; Allá donde los sauces
le daban sombra a cada nicho perpetrado en
su morada.
Allá donde la lágrima viva, convertida en jardinera
se derrama en cada herida, en cada fosa,
en cada cala,
que reposa perpetua, sin dolor…
Sin el quejoso quejido de un alma atormentada
Mientras silentes los muros se unen y acompañan
Fieles testigos del quebranto que emana desde
lo más profundo de sus entrañas.
Confusa, triste, desahuciada, busca en el único lugar
donde se quedan los restos; esperando recuperar
lo que espera no haya muerto… y tan solo sea
un triste equivoco de lugar.
Y ese desconsolado silencio, en un grito ahogado
consume su oscuridad.
La mano, oprime con firmeza las cuentas del rosario
para qué, con su plegaria, se confine aquél Calvario,
dejándola en libertad.
Levantando la mirada, ojea con terror el pálido
paisaje de mármoles y cruces, de intenso olor
a nectarina, de flores amarillentas en receso.
Marcha pronta, despavorida y, emprende sin temor
El camino de regreso.


Raquel Herrero