sábado, 26 de noviembre de 2011

TE HE DENUNCIADO

TE HE DENUNCIADO







Te escribo esta carta, que ha de ser la última que de mi recibas.


Durante años, releía las que tú me enviabas, cuando aún quedaban en mi corazón, razones para seguir amándote. Cartas amarillas, que yo, (tu fiel amante, tu esposa, tu amiga), guardaba como reliquia en ese joyero hermoso, grabado en plata, con la fecha de nuestro veinticinco aniversario. Sé, que no recuerdas aquél día, ni sabes siquiera quien nos lo regaló. Renovamos los votos de nuestro matrimonio en un acto sencillo, junto a nuestros hijos, padres, hermanos y los pocos amigos que a regañadientes, consentiste que invitara.


Que ilusa fui, al creer que un milagro, ese día, me habría de devolver al hombre del que tan profundamente me había enamorado.


Sigo sin comprender porqué con el paso del tiempo, te convertiste en un ser mezquino, despreciable, maltratador. Un ser cuyo ego le obligaba cada día al uso de la fuerza.


He recibido tantos golpes que ya ni recuerdo cómo duelen. Sin embargo no sé si alguna vez en lo que me reste de vida; olvidaré tus insultos, tus humillaciones, la burla constante sobre mi cuerpo que se había trasformado después de parir seis hijos. Era cierto que a mi vientre le quedaron esas feas secuelas en la piel, llamadas estrías. Era cierto que mis senos ya no estaban tan erguidos. Era cierto que ya mi tiempo estaba tan dividido que no me alcanzaba y opté por olvidarme de mi misma, para atenderos a todos vosotros.


Hasta hoy, he mordido mi lengua hasta sangrar. Le puse a mi corazón una coraza, para que cada aguja que clavabas en mi pecho, no ahondara en este lecho, donde ya quedaron multitud de cicatrices . Me convertí en estatua de mármol, fría e inamovible. El peso del dolor, había quebrado mis huesos y yo, sencillamente, ya no era yo.


Sentía lástima de mi misma, de mi poco valor, de mi nulo coraje, de mi temor extremo hacia el hombre. ¿En qué me había convertido?


Me sentía como despojo humano, sin garantías de caducidad, porque llamé a la muerte mil veces. Mil veces le rogué a esa dama negra se apiadará de mi inocua existencia y me llevara a ese lugar donde el reposo fuera eterno.


Pero ella no se compadeció, no escuchó mi grito, ese grito que emanaba desde las mismas entrañas, cada vez que tus sucias manos se posaban sobre mí. Cada vez que mancillabas mi cuerpo, rasgando mis vestiduras con deseo demencial para satisfacer uno más de tus más bajos instintos.


Animal, eso eras, eso eres, un salvaje animal, sin escrúpulos, sin decencia, sin sentimientos, sin amor.


Por desgracia o quién sabe si tal vez “por suerte” la vida no tiene marcha atrás


Todo ese camino recorrido, tan lleno de piedras filosas, de espinas sin la esencia siquiera de una flor. Todo ese camino, tortuoso, denigrante a llegado hoy a su final.


Ganaste mil batallas a traición, abusando de la nobleza de tu mejor vasallo, y ese vasallo bien lo sabías era yo.


De nada sirve mi arrepentimiento, mi deseo de haber tomado mucho antes esta decisión.


Llegó el momento de apagar tu voz cobarde, tu alta traición, de borrar de la memoria tu existencia. Ha llegado el momento de decir adiós.


Sé que llegarás en breves instantes…, pero esta vez no te vas a quedar. Vas a marcharte con esta carta entre las manos y otras esposas, llamadas autoridad.


Lo confieso; te he denunciado y le pongo a esta carta, ¡¡punto y final!!






Raquel Herrero